No es otro que Steve Irwin,
y sus peripecias son
contempladas en mi hogar con el mismo silencio
sepulcral con el que se asiste a una misa.
De hecho el bueno de Steve es un sustitutivo
del sentimiento religioso, o en realidad de
Dios mismo si me apuran. Y es que en una época
de descrédito de las creencias dogmática,
en la que las religiones andan con las capas
tan caídas como las tetas de Camila
Parker, la irrupción de personajes
con el perfil de Steve es tan necesaria como
el imaginario religioso lo era en las épocas
en que reinaba el tenebrismo español.
Porque Steve
es valeroso como un guerrero de Xian, gracioso
como un payaso del circo Mundial, feo como
una de las tortugas caimán a las que
embadurna con su saliva, pero ante
todo Steve es pedagógico como un profesor
de la época anterior a la ESO.
Y no ya por sus parrafadas
medio sumergido en lodazales inmundos, rodeado
de furiosas bestias, con medio cuerpo introducido
entre las mandíbulas de tiburones blancos,
no. La pedagogía de Steve se encuentra
cuando uno se abstrae de su verborrea incontenible,
de sus yeeeeeeeeeeeahss!!!, o de sus els cocodrils
molen!! con alzamiento de brazos y cerrazón
de puños incluidos. Viéndole
arriesgar su vida de una manera tan desaforada
uno llega a conocer más sobre la naturaleza
de la especie humana que leyéndose
toda la bibliografía de Sartre. El
ser humano es una especie que ha sobrevivido
y se ha hecho con la supremacía del
planeta gracias a su arrojo, pero sobre todo
gracias a sus instintos suicidas. Esos
instintos sobre los que tantísimas
horas discurrió el ideólogo
del 68, Steve se los pasa por su sudorosa
entrepierna mientras desafía a muerte
a un cocodrilo que le quintuplica el peso.
Algo falla al ver la cara
amilikitida del suicida austral, no es concebible
a priori que una cara tan poblada de redondeces
albergue en su interior un cerebro tan temerario,
tan animal. El perfil de este tipo de sujetos
se ajusta más a un Javier Bardem, a
un Jorge Perugorría, que llevan la
delincuencia marcada en el rostro. Pero
ambos palidecerían si Steve se los
llevara una noche de jarana por alguna estribación
del río Níger. A ellos
que los dejen tranquilitos encabritándose
en cualquier bar castizo.
Steve es puro desenfreno,
Steve (y no Javier Bardem) es el paradigma
del hombre, y el aplomo con el que se enfrenta
a una jauría de hienas sólo
es comparable al que demostró Aznar
al afrontar la comisión del 11-M.
Steve,
pura vida. Esta frase, estupenda para
tatuarla en cualquier parte del cuerpo, pretende
ilustrar la honda sabiduría que esconde
todo cenagal, cualquier salto de cascada,
la jaula más peligrosa del zoo. Porque
allí donde haya una fiera Steve podrá
entrar con la misma tranquilidad del que pide
la vez en una panadería, sabedor de
que la naturaleza le respeta. Steve Irwin,
el hombre con el rostro tan inmaculado, terso
y rubicundo como el de un bebé del
siglo XXV, ha podido evitar el despedazamiento
al que tienta cada día gracias a que
las bestias intuyen su naturaleza celestial.
Yo, por el contrario,
no puedo entrar en el ascensor de mi edificio
cuando la vecina del 5º saca a pasear
su chihuahua. He de esperar con la
cabeza gacha y el gesto compungido mientras
escucho perderse en el abismo los terribles
aullidos del cánido. Eso es la naturaleza.
Selección inmediata.
Por Loco Citato
Más información:
Web
oficial de Cocodrile Hunter