Cuando
me encuentro ante mi pequeño perro-televisor,
muchas veces me incomoda la insistencia de
los entes por reducir sus espacios publicitarios.
No puedo soportar la nueva moda instaurada
en algunas de estas cadenas de informar a
los dueños-alimentadores de que en
un breve lapso temporal volverá a acompañarles
el bostezoanodinismo de sus programas preferidos.
Lo que deberían hacer los perversos
programadores para satisfacer sus ansias de
eterno exhibicionismo es informarnos de cuanto
tiempo resta para la próxima pausa
publicitario-festiva, porque son esos minutos
gloriosos los que más jugo extraen
en nuestro exprimido y grisáceo intestino
cerebral.
Si queremos encontrar las
grandes respuestas, no hay mejor lugar para
hacerlo que esos escasos minutos de iluminación
espasmódica en los que todo ciudadano
modélico ve atacadas sus más
arraigadas convicciones y se ve obligado a
replantearse veintesegundalmente el concepto
mismo de su existencia. No podemos negarnos
ante la evidencia, y por ello yo me declaro
fanáticamente subyugado por este supino
placer que supone ver anuncios cremosos y
burbujeantes que desfilan ante mis ojos y
mi cómodo diván, psicoanalizándome
como si ante pequeñas réplicas
de Freud me hallase a cada instante. Una vez
más el milagro de la clonación
perversa y sofisticada se apodera de una parcela
del mundo y demuestra que en la réplica
está no sólo el futuro sino
nuestro abismal presente.
Disfruto más que una
naranja agridulce siendo exprimida en el vibrador
cuando aparece en pantalla el joven desterrado
del hogar familiar, probablemente debido a
su futilidad, obligado al fin a sacarse las
castañas del fuego, instalándose
en una nueva morada alejada de la protección
paternal, y lo primero que descubre es la
carta de su tierna e inocente hermana, junto
al milagro de la bombilla, la luz que se hace
por obra y gracia de una esfera acristalada
en cuyo interior reverberan asombrosos filamentos.
La combinación de ambos hechos provoca
en el primogénito una emoción
enorme, pero a años luz de la mía
propia, que no puedo evitar llorar como un
bizcocho o magdalena cada vez que escucho
la agominolada voz infantil.
Este efecto puede resultar
altamente pernicioso si algún perverso
hacedor de franjas publicitarias decide insertar
inmediatamente después ese terrible
chorro de imágenes acompañadas
por simples síes y noes, terrorismo
visual en estado puro, sin la disculpa de
la subliminalidad en vista de la crueldad
del desfile. Debería figurar una advertencia
antes de la proyección del mismo, o
incluso los epilépticos, personas con
marcapasos, o con ciertas disfunciones mentales
de tipo esquizoide o paranoico harían
bien en instalar resortes en sus televisores
que hiciesen saltar los plomos de la casa
en el preciso instante en que se iniciase
el salvajismo. El periodo de levantarse a
reparar el desaguisado sería el justo
para dejar atrás la gasolinera del
demonio, y dar paso al siguiente anuncio.
Sería una lástima
que el siguiente en esa lista fuese el del
joven enterrado en la arena, cuyo despiadado
amigo habla despreocupadamente por el móvil,
mientras él ha de vivir un terrible
infierno. Sin defensa posible, pues sólo
le asoma la cabeza, ha de resistir durante
una hora embates de todo tipo, amén
del sol de justicia que reina a esa hora.
Interesante podría resultar investigar
sobre las secuelas que la realización
del spot dejó en el infortunado individuo,
de todos es sabido que cada 30 segundos de
proyección requiere una semana de trabajo
de sol a sol (con toda la dureza que la expresión
supone en este caso). Tras el fugaz enjuague
de los sudores empáticos que nos produce
la visualización, y el consiguiente
desdoblamiento de personalidad que jamás
podremos enjuagar, nos hallamos listos para
lo que se nos venga encima, con matices.
Si la fatalidad o, por decirlo
con mayor propiedad, una vez más la
acción troceadora más propia
de la Termomix que de simples mortales que
casualmente se dedican al mundo de la distribución
mediática, quiere que aparezca en pantalla
Yoshimura y su cabeza intercambiable, es mejor
que tengamos ayudas en forma de cilindros
con alegres colores e interiores de polvos
azucarados, o bien una cabeza tan prodigiosa
como la del propio Yoshimura, que ante un
transplante tan complicado responde con alegría
de anfibio, sin mostrar el más mínimo
síntoma de disfunción mental.
Por el contrario, se lanza al disfrute de
la vida con una capacidad de adaptación
que sólo parecía posible en
las cucarachas americanas.
Todavía no he tenido
la oportunidad de visualizar la Santísima
Trinidad de los anuncios de forma consecutiva,
pero el día que esto suceda estoy seguro
de que tanto mi reacción como la de
todos aquellos que lo hagan será extrema,
en sentido positivo o negativo. Soy un ser
altamente sugestionable, y por ello espero
con ansia el momento, rezando por que el resto
de la población también lo sea
y se líe una bien gorda. Podría
grabar los tres anuncios y después
pasarlos, pero el efecto quedaría completamente
descafeinado, ya que se perdería el
ingrediente de la sorpresa. A la posibilidad
de encadenar los tres anuncios, con la que
he soñado últimamente, la denomino
la primitiva rusa, por el componente de alto
riesgo que conlleva, o en ocasiones también
1-X-Yoshimura.
Como también de risa
ha de vivir el hombre, de risa sana y divertida,
lejos de los efectos nerviosos producidos
por el histerismo de las 5 condiciones larsvontrieranas
del anuncio del combustible o del bueno del
japo y su cabeza voladora, que aunque externamente
se asemejen a la risa no ha de ser confundida
con aquélla, las hamburguesas vienen
en nuestra ayuda y nos proporcionan mágicas
secuencias de tronchante humor, en las que
una sola frase, por ejemplo "lo azul
es el mar", sirve para que me caiga del
sofá cama cada vez que la oiga y retoce
en el duro suelo durante mis buenos cinco
minutos, tendentes a cuatro las últimas
dos proyecciones visualizadas, alabando el
conceptualismo de los ideólogos de
la hamburguesa, combinando en mágica
dislexia emocional mi odio por el producto
con el amor por sus ideas.
Y acabo acordándome
del anuncio, o más bien de los familiares
yacentes bajo suelo de los creadores del anuncio
que propone que nos olvidemos de un color
tan magnífico como el amarillo, hasta
ahora uno de mis colores fetiche, evocador
de bonitos recuerdos y fantásticas
aventuras, gozoso acompañante de algunos
preciosos momentos que no serían lo
mismo sin un color, un aroma, y que ahora
pasa ineludiblemente a hacer referencia a
la cavidad bucal y a la escasa higiene dental
de la población, tema escatológico
ante el cual los censores del país
deberían tomar cartas, no por medio
de estúpidas multas económicas
o penas menores de prisión, sino propinando
severos castigos físicos a los responsables
de la osadía. No consigo quitarme de
la cabeza la letanía del "olvídate
del amarillo", y no puedo por menos que
hacer constar mi ira, y llamar a las armas
a toda la población si mi medida anterior
no es atendida, al menos a aquel sector de
la población preocupado por la higiene
y en contra de tan groseras referencias. A
los demás ya se les pueden caer todos
los dientes.
Por Loco Citato
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Extraído
de www.desafioclio.reanult.es
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