"La
misión que se asigna a los mensajes
de la comunicación de masas
es la de reproducir la sumisión a
las reglas del orden establecido".
Louis Althusser, "Ideología
y aparatos ideológicos del Estado",
Ed. Escritos, Barcelona, 1974.
Desde que el hombre aprendió
a relacionar causas y efectos, religión
y Poder son dos conceptos que han estado
estrechamente vinculados el uno al otro.
Todos los pueblos arcaicos intentaron explicar
el mundo por medio de una mitología
propia que conformaba su identidad como
pueblo y su cultura, y estas mitologías
no eran sino religiones paganas que daban
sentido a su mundo.
El jefe, el líder
del pueblo era generalmente aquel al que
los dioses designaban, bien porque su sabiduría
le permitía acercarse más
que un simple mortal a ellos (chamanes,
brujos y hechiceros), bien porque su fortaleza
física se consideraba una prueba
irrefutable de que los dioses lo habían
elegido como defensor de los suyos.
A partir del surgimiento
de la filosofía en Grecia, que significa
el intento de explicar el mundo en base
a unos principios de razón, alejándose
por tanto de las explicaciones míticas,
surge también la religión
como dogma de fe y sustento espiritual del
hombre. Este sustento espiritual del hombre-masa
será a partir de entonces también
el sustento del poder, convirtiéndose
en el elemento primordial de manipulación
de las masas, en tanto que significa una
interiorización, en lo más
profundo de las conciencias, de las reglas
y valores que rigen el orden social, en
forma de mandamientos universales y necesarios.
Podríamos decir,
y esto no necesita justificación
a poco que se estudie cualquier civilización
en la historia del ser humano, que todo
sistema político necesita como pilar
básico una religión, sea del
tipo que sea, que dote de sentido la pulsión
mítica del hombre, que explique mediante
dogmas de fe todo aquello que la ciencia
no explica, los grandes temas de lo humano:
la vida, la muerte, el amor, el fracaso,
etc
y que establezca pautas y modelos
de comportamiento más allá
de las leyes positivas.
Y el mundo contemporáneo
no es una excepción.
Parece obvio ver la relación
entre Religión y Poder en el mundo
islámico, en regímenes totalitarios
o en tribus aborígenes, que desde
nuestra visión occidental consideramos
culturas "atrasadas"; pero quizás
resulte extraño comprobar cómo,
incluso en las avanzadas "democracias"
laicas occidentales, donde aparentemente
el único poder emana del pueblo,
los medios de comunicación de masas
propagan una visión del mundo de
carácter marcadamente mitológico
con el fin de divulgar los valores y mandamientos
de una nueva religión icónica,
cuyo Dios verdadero es la televisión.
Este Dios catódico,
como toda divinidad que se precie de serlo,
es omnisciente, universal, omnipotente,
omnipresente y eterno.
Es un medio autosuficiente,
sabio y de condición trascendente,
pues nunca deja de ser. A cualquier hora
del día o de la noche hay programación.
Todo está en ella y todo existe sólo
y en tanto que está en ella. No es
un espectáculo para una élite
de privilegiados, sino que toda persona
(incluso en chabolas del extrarradio o en
remotas aldeas) tiene acceso a ella. Es
capaz de satisfacer cualquier apetencia,
hecho cada vez más patente a partir
de la introducción de las decenas
de canales de la televisión por cable.
Además, está en cualquier
lugar donde nos encontremos, en cualquier
momento del día: en la cocina, en
el dormitorio, en el bar, en tiendas
siendo en el comedor o sala de estar donde
se le rinde especial culto, colocándola
en lugar preferente del espacio, presidiendo
el mobiliario.
El Dios no se toca, sólo
se ve y se escucha pasivamente, dejándonos
llevar por su carácter mágico.
Incluso mientras nos dedicamos a otras actividades,
el Dios sigue encendido, iluminándonos,
acompañándonos con su dulce
murmullo
En la calle sólo
se habla de los nuevos mitos, de la "información"
sin lugar a dudas veraz que nos desvela
nuestro Dios. Las guías semanales
de televisión y las revistas del
corazón que proliferan en nuestros
días y que siguen las vidas y los
milagros de los "santos" catódicos
sustituyen a las hojas parroquiales y los
textos bíblicos de antaño,
y ofrecen a los fieles reliquias e imágenes
de los nuevos ídolos: músicos
superventas, estrellas de cine y futbolistas
decoran las camisetas de los beatos y las
paredes de las habitaciones de los seguidores
del culto icónico, de la misma forma
que los hogares del tardo-franquismo, por
ejemplo, solían estar repletos de
imágenes de santos en el dormitorio
y el cuarto de estar, y se solían
llevar medallas y estampas piadosas en cuellos
y carteras.
Las vidas de estos ídolos,
como hemos dicho, son glosadas en las revistas
y los múltiples programas llamados
"del corazón", conformando
un Olimpo televisivo que reproduce los mitos
comunes a la mayoría de religiones
de otros tiempos: la vuelta al mundo de
los vivos de los que se perdieron en el
infierno (Eneas, Lázaro
) se
narra ahora en programas como "¿Quién
sabe dónde?", "Sorpresa,
Sorpresa" o talk-shows vespertinos,
donde se reencuentran personas que ya se
creían perdidas para siempre; así
como en las antiguas religiones cada Dios
o Santo representaba un sentimiento o fuerza
de la naturaleza (Venus o San Antonio protegen
el amor, Hermes o San Cristóbal guían
a los viajeros
), en la religión
mediática el amor tiene su propio
programa ("Lo que necesitas es amor"),
y también el viaje ("Al filo
de lo imposible", "Un país
en la mochila"), el miedo ("Factor
miedo"), la sabiduría ("Saber
y Ganar"), el sexo ("Me lo dices
o me lo cuentas"), etc
, cuando
no un canal entero con la mentada introducción
de la televisión por cable; la maravillosa
vuelta a la edad de oro que significa otro
punto en común en las mitologías
religiosas es narrada también en
los "revivals" nostálgicos
que ofrecen una visión almibarada
y distorsionada de un pasado que nunca fue
mejor
Pero quizás el programa
que más fielmente explicita el carácter
religioso de la televisión sea "Gran
Hermano", como simbolización
del Dios que todo lo ve y que ofrece a los
fieles la salvación o la condena
del pecador. "Gran Hermano", así
como todos los que han imitado este concepto
de "tele-realidad" (¿acaso
hay alguna duda de que la realidad es la
televisión?), han permitido también
la posibilidad de participar a los feligreses
en el culto, canonizando incluso a alguno
de ellos para regocijo de la masa que ve
realizado así el sueño de
cualquier beato: que Dios lo acoja en su
seno otorgándole la condición
de santo.
La religión catódica
integra así a los marginados, al
pueblo llano, pero, eso sí, asegurándose
de que siguen al margen: un iletrado nunca
será tratado con el respeto que se
dispensa a la nobleza (actores, aristócratas
o políticos, periodistas y empresarios,
por muy corruptos que estos sean). No será
ya un siervo ni un esclavo, sino un mártir
que posee rarezas o minusvalías culturales
o patológicas, redimiéndolo
en virtud del espectáculo para el
disfrute de la clase media y media-baja.
La misma clase social que en épocas
anteriores advertían su condición
de excluidos alzándose en rebelión
y que, en esta nueva religión universal,
retoza plácidamente cual bestia porcina
en su condición de "marginados
mediáticamente interesantes",
en la eterna lista de espera de candidatos
a entrar en el Olimpo.
La televisión no
acoge a los ídolos, sino que, como
cualquier otra religión, los crea:
por ello los artistas que no salen en televisión
(escritores, actores de teatro, pintores,
etc
) no pueblan la iconografía
mediática, no se convierten en ídolos
ni santos.
Todas las religiones tienen
también a sus intérpretes,
sus teólogos que leen y revisan los
textos sagrados, y precisamente este es
el papel que juegan los avezados críticos
de televisión y comunicólogos.
En su versión más "hard",
a la manera de un inmisericorde tribunal
de la inquisición, figuran esa ralea
de periodistas amanerados que salvan o condenan
a los nuevos ídolos en programas
como "Tómbola" o "Salsa
Rosa".
En televisión, como
en cualquier otra religión, existen
diversas órdenes que, aún
sin apartarse un ápice del dogma,
apuntan matices rituales que los diferencian:
dominicos, agustinos o jesuitas en el cristianismo;
chiítas o sunitas en el islamismo;
Tele 5, Antena 3 o TVE en el iconismo al
que nos referimos. Incluso algunas órdenes
(Canal + en este caso) acogen también
a la feligresía más selecta.
Pero no sólo en
estos aspectos sociales se manifiesta la
mitología icónica.
Hemos señalado antes
la explícita relación entre
Religión y Poder: la lucha gubernamental
por el control de las cadenas estatales,
la concentración de la propiedad
de los mass-media en manos de unos pocos
"poderes fácticos fácilmente
reconocibles", la declaración
como "Motivo de interés general"
de determinados espectáculos para
mantener al pueblo pegado al televisor,
los nacionalismos subyacentes a las televisiones
autonómicas (TV3, TVG, Euskal Televista
)
son algunos ejemplos de la estrecha relación
entre la televisión y la política,
es decir, entre religión y poder,
más allá de la difusión
del pensamiento único dominante.
Las élites intelectuales,
ya sean progresistas de salón o paladines
de las buenas costumbres, ya claman contra
la "telebasura", al parecer, sin
darse cuenta de que con ello también
califican de basura al público que
mayoritariamente sigue estos programas,
los mismos que cada cuatro años acuden
a las urnas a votar, convertidos entonces
no en "votantes basura", sino
en "responsables demócratas"
y en "legítima voluntad del
pueblo".
Desde sus cómodas
poltronas, tal vez crean estas mentes bienpensantes
que la solución es que un trabajador
medio llegue a su hogar después de
una maratoniana jornada de esclavo en cualquier
empleo no cualificado que puede oscilar
entre 8 y 14 horas, remunerado con salario
base más una limosna por las horas
extras que no le asegura poder pagar las
facturas del mes, y se ponga a leer a Heidegger
o Dostoievski.
Sólo el burgués
de altos recursos económicos, el
empresario o el artista subvencionado, el
pensador que escribe gilipolleces en su
columna diaria y gana premios literarios
o el diputado de nómina abultada
pueden permitirse dedicar su desahogado
tiempo de ocio a ese lujo en que el liberalismo
convierte a la cultura. Y ni siquiera ellos
lo hacen.
No juzguen al pueblo por
ser necio, señores. Nos educaron
para ser esclavos, y cuando el esclavo llega
a casa no quiere que le expliquen la ley
de la relatividad, sólo pedirle a
Dios que le de fuerzas para soportar el
peso de los días. Es decir, encender
la televisión.
Por Henry Chinaski