1. Mi tío Charles.
"Espero que entiendas/
cuando yo haya muerto/ que yo logré/
todo lo que pude".
(de "Madrigales de la pensión")
Encontrar
a Bukowski fue para mí como encontrar
a tu ángel de la guarda. Supe
que ya jamás iba a volver a estar solo.
El viejo Charles estaría conmigo, brindando
desde el infierno, ese lugar solitario, con
vino barato para celebrar mis alegrías
o para emborrachar mis miserias.
Yo siempre quise ser como
él. Me dormía cada noche con
sus historias de sexo, alcohol, escepticismo
y supervivencia, hasta que mi padre, molesto
por la persistente luz de mi cuarto, entraba
despacito y haciendo algo de ruido, como alertándome
por si yo me estaba dedicando a algún
otro vicio además de la lectura, y
me apagaba la luz recomendándome que
me durmiera, que era ya muy tarde y al día
siguiente me costaría levantarme temprano.
Mi padre, todo hay que decirlo, era hombre
de coplas y pucheros, y no entendía
muy bien mi devoción por los libros,
así que respiró
aliviado la noche que me sorprendió
entregándome al onanismo admirando
una belleza rubia en una revista en lugar
de leyendo.
Vi pasar muchas lunas en
mi juventud durmiéndome con las borracheras
bukowskianas, ya fueran releídas o
vividas, porque por aquel entonces incluso
me comportaba como yo suponía que él
se comportaría, alcanzando tal vez
las mayores cotas de estupidez de mi historia
personal; hecho relevante por el ingente número
de cotas. Así
me di cuenta de que vestirte de payaso no
te convierte en payaso, aunque la gente
se ría igual de uno que de otro.
Cuando mi padre apagaba la
luz, yo cerraba a Bukowski y el rutinario
mundo real caía sobre mí como
un piano desde un balcón. Sin embargo,
había veces en las que él permanecía
allí, tras las cortinas, dejando en
mi habitación el inconfundible hedor
de su perfume. De tal forma que, por la mañana,
mi propio olor había cambiado.
El outsider, el homeless insultantemente lúcido,
el genio que se reía de todo y de todos
y que buscaba en los tetra-bricks de vino
peleón la obra de arte definitiva,
me convirtió en parte en lo que soy.Ya
hace bastante tiempo que no me acerco a él.
En cierta forma, tengo miedo. Por si me encuentro
entre sus versos con la persona que fui y
que ya jamás me atreveré a ser.
2. Peleando a la contra
"Es bastante fácil
parecer moderno cuando en realidad se es el
mayor idiota que jamás haya existido.
Ya lo sé: yo he sacado algunos poemas
horribles pero no tan horribles como los que
he leído en revistas y en libros; poseo
una honestidad fruto de las putas y los hospitales
que no me permite fingir algo que no soy".
(de "Lo que más me gusta es rascarme
los sobacos")
Charles Bukowski vivió
en el otro lado del sueño americano.
El de los perdedores, los vagabundos, las
prostitutas, los alcohólicos, la gente
sin esperanza y sin futuro. Un mundo en el
que no hay lugar para lágrimas de niños
pijos que sólo han tenido que levantar
el brazo para coger lo que querían
ni para poemas sobre flores y primaveras perennes.
Y resulta que ahora la gente sin futuro cada
vez es más numerosa.
Los
listos de siempre dicen que Bukowski no es
más que un escritor para adolescentes.
No es más, pero tampoco es menos.
Dostoievski o Kerouak también lo son.
Sus gritos tienen que ser leídos en
ese momento de la vida de un hombre en el
que todo parece perdido. No tiene nada que
ver con la edad. Sólo estar vivo o
estar muerto en vida cuenta.
Es lo que tienen los listos,
que todo lo explican: la Academia, los críticos,
los periodistas: él se ríe.
No está por
encima ni por debajo de ellos. Está
en otro lado. En un lugar del que no
se vuelve. Diez años después
de su muerte nadie ha podido ocupar su lugar
en la literatura contemporánea.
3. Túmbate y espera
como un animal.
"¿Ha habido alguna
vez algún instante de justicia para
los pobres? Toda esa mierda sobre la democracia
y las oportunidades con las que los alimentaban
eran sólo para evitar que quemaran
los palacios. Claro, de vez en cuando había
un tipo que salía del vertedero y lo
conseguía. Pero por cada uno que lo
conseguía había cientos de miles
enterrados en los barrios bajos o en la cárcel,
o en el manicomio o suicidados o drogados
o borrachos. Y muchos más trabajando
por un sueldo de miseria, desperdiciando sus
vidas por la mera subsistencia. La esclavitud
no ha sido abolida, solamente se ha expandido
para incluir a nueve décimas partes
de la población. En todas partes. Santa
Mierda".
(de "Escritos de un viejo indecente")
Charles Bukowski nació
un 16 de agosto de 1920 en Andernach, Alemania.
Hijo de soldado norteamericano destinado en
este país, y una joven alemana. A los
dos años, la familia se trasladó
a Los Angeles, donde crecería el pequeño
Bu. Las ideas de orden
y disciplina de su padre aplicadas a golpe
de cinturón y uno de los peores casos
de acné nunca antes recogido en la
historia médica hicieron de Bukowski
un tipo solitario y arisco. A los quince
años comenzó a beber para no
dejarlo jamás.
En la escuela no destacó
nunca en nada. Para sus profesores era un
alumno mediocre que hacía lo justo
para aprobar. En 1941 abandonó los
estudios y, tras un largo historial de peleas
y odio parricida, también finalizó
la convivencia familiar. Bukowski recogió
sus primeros relatos, algo de ropa y se lanzó
a la calle, convertido ya en Henry Chinaski.
Los japoneses bombardeaban
Pearl Harbour y poco después EE.UU.
entraba en la Segunda Guerra Mundial. Durante
las décadas de los años cuarenta
y cincuenta, Bukowski vivió las aventuras
que más tarde harían de Chinaski
una auténtica leyenda. La vida en el
lado salvaje. Trabajar para pagar una habitación,
beber, follar, apostar
De Los Angeles
a Nueva Orleáns pasando por Nueva York,
Miami y de nuevo Los Angeles, ciudad de la
que ya no se movería y de la que se
convertiría en despiadado cronista.
La lista de trabajos no cualificados
es interminable, casi siempre como mozo de
almacén, obrero o basurero
hasta
terminar de cartero, profesión que
desempeñó durante doce largos
años y que le inspiraría el
material de su primera gran obra.
Con cuarenta y nueve años
Bukowski deja el trabajo de cartero y se dedica
en exclusiva a escribir. Se
levanta, vomita y se pregunta si habrá
dormido solo. Y escribe. Le llaman
el poeta maldito, el escritor borracho. La
gente acude a escucharle en unos extraños
readings poéticos repletos de alcohol
y alborotos diversos.
En 1978, invitado por sus
editores europeos, Bukowski emprende una salvaje
gira por el viejo continente que le llevará
a Francia y Alemania. Escándalos, alcohol
y excesos le acompañan durante todo
el recorrido, como a una estrella del rock.
En 1972 el director italiano
Marco Ferreri dirige un film basado en cuatro
relatos suyos, Ordinaria Locura. El belga
Dominique Deruddere rodó tres de sus
relatos con el título de Amor loco.
Pero la más famosa fue sin duda alguna
Barfly, El borracho. Esta vez el guión
corrió a cuenta del propio Bukowski
y la película fue dirigida por Barbet
Schroeder con unos estupendos Mickey Rourke
y Faye Dunaway como protagonistas. La película
está ambientada en la tormentosa etapa
en la que convivió con Jane Cooney,
quizá la mujer que más influyó
en su vida.
Por aquellos entonces, Bukowski
ya podía permitirse buenos vinos. Era
la década de los ochenta, y él
ya cruzaba los sesenta.
Se compró una casa en Hollywood y un
potente BMW rojo. Para celebrar su
buena racha se casó con Linda Lee.
La vida se convierte en algo más apacible
y Bukowski se da cuenta del peligro que corre.
La comodidad, el yacuzzi, la piscina, los
sistemas de seguridad en casa
Su mujer
administra sus beneficios, y el viejo Bu lo
observa todo con ironía, con la distancia
del que sabe lo que es verdaderamente importante.
4. Metamorfosis.
"Como cualquiera podrá
decirles, no soy un hombre muy agradable.
No conozco esa palabra. Siempre admiré
al villano, al fuera de la ley, al hijo de
puta. No aguanto al típico nene bien
afeitado, de corbata y buen trabajo. Me gustan
los hombres desesperados, hombres de dientes
rotos, y mentes rotas, y destinos rotos. Me
interesan. Están llenos de sorpresas
y explosiones. También me gustan las
mujeres viles, las putas borrachas con las
medias caídas y gastadas y las caras
pringosas de maquillaje barato. Me interesan
más los pervertidos que los santos.
Me siento a gusto entre los marginales, porque
soy un marginado. No me gustan las leyes,
ni las morales, ni las religiones, ni las
reglas. No me gusta ser modelado".
("Huevos", de "Se busca una
mujer")
La coartada ideológica
del sistema capitalista occidental debemos
rastrearla en los esquemas de pensamiento
científico herederos de la Ilustración.
Descartes, Newton, Locke, Kant, Hegel
Todos estos grandes filósofos se encargaron
de diseñar un esquema basado en la
Razón, según el cual el hombre,
mediante el único uso de sus facultades
racionales, podía llegar a conocer
el mundo que lo rodea, en base a los principios
claros y distintos que el método científico
nos brinda.
Ahora intuimos que esta visión
científica del mundo es útil
si se aplica a la técnica, pero resulta
nefasta aplicada a la sociedad.
El énfasis abstracto y generalizador
y la mentalidad determinista y medidora de
la ciencia van contra el individualismo y
la diferencia propios del ser humano,
que es, ante todo, un animal arrojado al pozo
negro del azar.
El intento de aplicar la
exactitud y los conceptos abstractos y generales
del pensamiento racionalista en personas y
situaciones concretas conlleva la desaparición
de la individualidad humana, proscribiendo
la imaginación, la espontaneidad, la
emoción y la intuición en aras
de una búsqueda estéril de la
verdad.
En medio del vacío causado por la pérdida
de nuestra individualidad es donde, de pronto,
un día cualquiera, uno se siente desubicado,
como si fuese un bicho raro en medio de una
trama de cosas cotidianas. Así es como
"al despertar Gregorio Samsa una mañana,
tras un sueño intranquilo, encontrase
en su cama convertido en un monstruoso insecto".
(La metamorfosis, Franz Kafka). Que
ese monstruoso insecto sea un borracho, un
vagabundo o un loco no le resta validez a
su relato.
Bukowski es el poeta de la
soledad, de la independencia y la supervivencia,
es el loco vagabundo borracho que se sube
a un banco del parque a gritar cosas que nadie
quiere escuchar mientras todos los demás
miran hacia otro lado.
5.
El amor es un perro del infierno.
"Se puede escribir lo
que uno quiera del hombre blanco norteamericano
y nunca protesta nadie. Pero si se escribe
algo desagradable sobre cualquier otra raza
o clase o sexo, los críticos y el público
se ponen furiosos... mientras que al hombre
blanco norteamericano le importa un carajo
lo que se diga sobre él porque domina
el mundo, de momento, al menos".
(De "Escritos de un viejo indecente")
El implacable individualismo
que se percibe en la obra de Bukowski tiene
mucho que ver con esto. Como declarado misántropo,
Bu se ríe y se burla de la especie
humana en su conjunto, en cambio respeta e
incluso llega a amar a personas concretas.
Es la masa lo que Bukowski odia, y cuando
ridiculiza a alguien en sus historias lo hace
porque sus personajes son arquetípicos
de una moral o unas costumbres que él
repele en tanto que le son impuestas. Múltiples
organizaciones feministas han realizado lecturas
sesgadas de su obra acusándolo de machista,
misógino y maltratador. Cierto es que
la mujer como tal no quedó muy bien
parada en su obra pero, a decir verdad, los
hombres y el resto de los seres vivos tampoco.
La admiración confesa de Bukowski por
personas como Celine, Fante, Linda Lee, Jane
Cooney, etcétera atestigua su apuesta
por el individuo creador como tal, en contra
del hombre-masa occidental que se convierte
en objeto de burla y crítica despiadada.
Tomar las riendas de la propia vida, cosa
que a Bukowski le llevó casi 50 años,
significa para él el triunfo del individuo
sobre la masa. Si hay algo que Bukowski odia
es la unanimidad, el espíritu colectivo
norteamericano en el que se basa el sistema
despersonalizado de la civilización
occidental:
Cuidado con el hombre corriente
con la mujer corriente
cuidado con su amor
su amor es corriente
busca lo corriente
pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar, como para matarte, como para matar
a cualquiera
No quieren la soledad
No entienden la soledad
Intentarán destruir cualquier cosa
que
difiera de la suya
al no ser capaces
de crear
no entenderán
el arte.
("El genio de la multitud")
La "gente corriente",
atemorizada ante el complejo sistema de control
mental inconsciente que las condena a aceptar
la humillación, la frustración
y el fracaso como algo natural, pierden la
capacidad de pensar e incluso de vivir.
La colonización de
las mentes que ha llevado a cabo el racionalismo,
y que tiene en el capitalismo moderno su última
etapa, aún siendo el garante de un
impresionante progreso tecnológico,
ha acabado por sumir
al ser humano en una crisis moral y cultural
que multitud de pensadores modernos han diagnosticado
(abandono de los dioses, hundimiento de todos
los valores, derrumbe de los ideales y eclipse
de las ideologías, huída del
sentido, crepúsculo de los ídolos
poderosas metáforas con las que la
intelectualidad occidental intenta rotular
el punto al que parece haber llegado nuestra
cultura.). Bukowski es uno más de los
cronistas de esa crisis, pero un cronista
que, a diferencia de tantos otros, narra lo
que ha vivido, no lo que le han contado. Bu
no teoriza sobre ello, para eso ya están
Nietzsche y sus seguidores postmodernos.
El tío Charles es
tan sólo una víctima más
que captura su propia frustración y
la de algunas personas concretas más
y las presenta crudamente en novelas autobiográficas,
relatos y poemas.
Su cámara fotográfica es su
vieja máquina de escribir. Su filosofía,
una literatura que se entiende sólo
leyendo el conjunto de su obra. Una
filosofía de los desheredados, que
se esconde entre las sábanas manchadas
de semen de alguna sucia pensión de
mala muerte.
6. Los domingos matan
más que los hombres.
"El viento sopla fuerte
esta noche/ y es un viento frío/ y
pienso en los chicos/ de la calle/ Espero
que algunos tengan/ una botella de tinto/
Cuando estás en la calle/ es cuando
te das cuenta de que/ todo tiene dueño/
y de que hay cerrojos en todo/ así
es como funciona la democracia:/ coges lo
que puedes,/ intentas conservarlo/ y añadir
algo/ si es posible/ En cualquier caso/ es
un viento/ fuerte/ y frío."
(De "Peleando a la contra")
La literatura, en cuanto
experiencia de los límites de la razón,
es el borde extremo de la filosofía.
Constituye una experiencia de ruptura con
la absurda distinción entre lo filosófico
y lo no filosófico, que es en cierto
sentido, la distinción entre mythos
y logos. Foucault
defendía que el auténtico combate
político, en el mundo de la comunicación
y del monólogo racional, se da en el
interior del lenguaje. Y eso es lo
que convierte a Bukowski en un guerrillero.
La reivindicación
de la virtualidad política de lo poético
llevará a Foucault a inscribir la escritura,
como experiencia de los límites, en
la tradición heideggeriana de la "pregunta
por el ser": la "experiencia poética"
significa una forma de plantear los temas
de la contestación, el límite,
la trasgresión, como posibilidad heideggeriana
de pensar desde lo impensado, de salirse fuera
de los límites del pensamiento científico
para incorporar a lo humano otras facultades
proscritas por el racionalismo.
El punto de partida de la
filosofía de Heidegger es la vida,
tal y como de hecho es vivida en su radical
concreción e individualidad. Atenerse
a los hechos y vivencias en su radical facticidad,
sin precipitar sobre ellos la conceptualización
tradicional, es el origen primigenio. La vida
es el subsuelo básico: un comercio
constante con el mundo y con los otros al
que estamos abocados en la continua elaboración
de nuestra propia existencia. La vida es continuo
"hacer-se", una constante realización
de posibilidades, que es anterior a toda conceptualización,
a todo conocimiento científico del
mundo.
La
narración de este "hacer-se"
constitutivo de la existencia humana es la
fuente de la que fluye lo poético en
la obra de Bukowski, el oscuro abismo del
que surgen mañanas. Su literatura
es la narración de esa travesía.
Cada verso es un paso adelante.
En nuestra vida está
ocurriendo siempre una novela, y esa novela
es la que nos cuenta Bu. En lo poético
no recibimos las palabras como datos fácilmente
clasificables, no queda fijada en el texto
una realidad en términos de verdad
o exactitud, sino que el lenguaje recrea la
realidad, reinventando continuamente el mundo,
otorgándole un nuevo fulgor que abre
al lector o espectador y al propio artista
nuevas interpretaciones de una realidad que,
aunque ya percibida, aparece como nunca transitada
por él. Lo poético enriquece
de este modo no sólo al sujeto (artista
o receptor), sino también al mundo.
La fórmula de Bu,
en sus diarios y poemas, es partir de lo pequeño,
de lo infinitamente pequeño, para elevarlo
como si nada a signo cósmico. Así,
las uñas de sus pies, que nunca se
corta por falta de tiempo (aunque el tiempo
le sobra, como todo), se convierten en símbolo.
Bukowski analiza a
fondo la materia sucia de la vida, sin la
necesidad de la agresión del pensamiento;
emplea su inteligencia desolada para detenerse
en la consideración de los hechos tangibles
de la vida misma; no en las taimadas y falsas
esperanzas o en las sórdidas ilusiones
que a diario se venden en el mercado de los
ingenuos.
La literatura de Bukowski
(pero no sólo la suya, sino la de multitud
de otros autores) comporta un modo de vida
que no nos resistimos a tildar de filosófico,
en el que el pensamiento no es reducido a
pura teoría ni es producto de una élite
de loros repetidores bien situados socioeconómicamente,
sino que supone un trabajo de transformación
de la propia individualidad hacia su ser más
profundo. Esta búsqueda de la propia
singularidad, irreductible a normas universales
o patrones de comportamientos prefijados por
la autoridad competente o la tradición
guarda relación con una "estética
de la existencia", tal y como la denominó
el propio Foucault, con
el proyecto autoexigente del que desea hacer
de su propia vida una obra de arte que ofrecer
como ejemplo: la vida como proyecto estético
que revela las posibilidades de la realidad.
Éste es el punto de
partida de toda actividad creadora, no sólo
de la actividad artística, sino de
todos los ámbitos del ser humano.
Al fin y al cabo, como dijo
el venerado músico John Cage, "lo
único que estamos haciendo es un arte
de vivir anárquicamente".
7. La última noche
en la tierra.
"Pero lo peor de todo
es que algún tiempo después
de mi muerte se me va a descubrir de verdad.
Todos los que me tenía miedo o me odiaban
cuando estaba vivo abrazarán de repente
mi memoria. Mis palabras estarán en
todas partes. Se crearán clubs y sociedades.
Será como para ponerse enfermo".
(De "Lo que más me gusta es rascarme
los sobacos")
En 1954 Bukowski ingresaba
con 34 años en el departamento para
pobres sin recursos del hospital Los Angeles
County a causa de una terrible hemorragia
interna provocada por el alcohol. Su
estado parecía terminal y los médicos
creyeron no poder hacer nada por salvar su
vida. Además
era un tipo sin seguro médico. Así
que le dejaron tumbado en una camilla esperando
el desenlace. Muchas veces la diferencia entre
la vida y la muerte radica únicamente
en tener suerte en el momento preciso y Bukowski
la tuvo. Ni él mismo conseguiría
explicar más tarde cómo diablos
hizo para dejar de sangrar y salir a los pocos
días del hospital desafiando todos
los supuestos lógicos. Hizo caso omiso
al ultimátum del médico que
le aseguraba una defunción inminente
si no dejaba de beber y continuó con
su locura ordinaria.
Cuarenta años
después, Charles Bukowski fallecía
en un lujoso hospital de Los Angeles. Fue
un miércoles 9 de marzo de 1994. Tenía
73 años. Quizá su leyenda hubiese
exigido un fin más acorde con lo que
había sido su vida, una muerte violenta.
Quizás en su leyenda haya muchas exageraciones,
como en todas las demás. Pero también
es posible que esta fuera su última
broma. Morir
en paz acompañado por Linda Lee, la
mujer que logró hacerle cambiar el
whisky barato por el buen vino.
No
cabe duda de que muchas veces la diferencia
entre el éxito y el anonimato radica
en tener suerte en el momento preciso. Y Bu
la tuvo. No murió como un pobre desgraciado
cuando todos hubiesen apostado a que lo haría
y, contra todo pronóstico, guste o
no, el viejo
borracho indecente se ha convertido hoy en
día en uno de los escritores norteamericanos
más leídos en un mundo donde
sobrevivir es lo que cuenta.
Maravillosa
Norteamérica donde la locomoción
y el dinero pueden dar todavía un genio
lúcido que maldice de todo y denuncia
la política y el sistema con proclamas
apolíticas y anárquicas.
Bukowski, el gran superviviente.
Por Henry Chinaski